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Tenerife, 1968.
Karina Beltrán, es una extraordinaria artista tinerfeña afincada en Londres desde hace casi una década, cuyas fotografías vienen reflexionando en tono poético sobre la divergencia entre vida interior y mundo exterior, indagando en cierto misterio que media entre los objetos y lugares antropológicos y los cuerpos humanos, así como reconociendo la alienación que emana de la realidad de contraponer tiempo personal y tiempo de la mecánica actividad cotidiana. En muchos de sus trabajos como lo que presentó en la madrileña galería Raquel Pone, Beltrán ofrece parte de dos series inscritas a su vez dentro de ese sistema planetario llamado Apariciones. En Launderette (serie fechada en 2006), dos jóvenes mujeres ataviadas con ropa negra y expresión casi durmiente, algo melancólica e indudablemente alienada aparecen quietas en una de esas lavanderías extranjeras de grandes máquinas. Las mujeres permanecen separadas y entre ellas no media la complicidad de las miradas pero sí parecen conectadas por un invisible hilo y, a su vez, flotantes, aisladas del casi colosal entorno mecánico que las rodea. En Kitchen (2004) por su parte, las mismas protagonistas leen un libro o miran a la calle por una ventana, indiferentes a las labores de un hombre uniformado de cocinero. Ambas series que, junto con Interior (estampas de las mismas muchachas en la penumbra de un hogar extrañado) y Jardín japonés componen Apariciones, se caracterizan por la fría tensión entre espacios públicos de labores histórica y patriarcalmente asociadas a la mujer: cocina y limpieza de la ropa. Mujeres ajenas a las labores que en ellos se desarrollan. La mirada de Karina Beltrán observa con delicadeza y dedicación unos cuerpos, rostros y gestos femeninos siempre ensimismados, siempre cerrados sobre sí mismos. Es un interrogante sobre lo femenino el protagonista del carácter más reflexivo de estas instantáneas, carácter que resulta de consistencia más poética y abierta de sentido que discursiva. De presencia algo fantasmal y cinematográfica, en estas imágenes el contraste excede lo fotogénico, lo preciosista y se introduce en terrenos de espejos contrapuestos, en pliegues de lo visible. Sólo, acaso, por breves momentos, atraviesan el umbral de ese suelo que la moda ha arrebatado hace años al secreto.
A.I.S.




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