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Zaragoza. 1970
Desde aquella intuición infantil de querer ser artista, Lina Vila no ha parado: estudió tal como habÃa soñado en Barcelona, asistió a las clases del acuarelista José Luis Cano Peñarroya, realizó cursos de grabado con Alicia Vela, en un tiempo en que sus artistas preferidos bien podrÃan ser Toulouse-Lautrec y Goya, en un tiempo en que el arte y las imágenes fluÃan como un arroyo incesante de ideas, de conceptos, de técnicas, de estremecimientos. En esa travesÃa de formación, Lina acudió a un curso de postgrado, y las prácticas consistÃan en ir al zoo de Barcelona a dibujar animales, a copiar contornos, ojos, la atmósfera de reclusión y, sobre todo, la potencia casi sobrecogedora del animal. Quizá entonces también aprendió algo más: aquellos seres salvajes y prisioneros, observados a diario por la mirada estupefacta de tantos visitantes, estaban tan desvalidos como aparentaban. Estaban desvalidos como cualquier ser humano.
La evolución de Lina Vila la llevó a la Casa de Velázquez y a otras experiencias. Siempre ha sido una pintora en el camino, una dibujante en el estudio. Uno de los proyectos que definÃa ya su personalidad fue La vida y sus sombras, una muestra variada y amplia que era una meditación sobre la memoria, la vejez, su propia abuela Juana, y la conquista de un espacio de intimidad. En una ocasión, me dijo Lina: "Crecà con mi abuela materna, Juana, la vi envejecer, la vi morir. Fue una persona muy especial para mÃ. Creo que todas las obsesiones de esa muestra venÃan de ahÃ. Era ciega. La dibujaba constantemente, cientos de veces incluso. Era mi modelo más constante. Y la conciencia de la finitud me ha llevado a reflexionar sobre el paso del tiempo, la vejez, las herencias inmateriales, los lazos de la memoria".
Otra muestra que expandÃa la gran sinfonÃa del cuerpo doliente, por decirlo asÃ, fue Me llamo rojo, que era la sÃntesis de sus dos años en la Casa de Velázquez y que se exhibió en 2004 en el monasterio de Veruela. TenÃa algo de mirada al frenesà del propio cuerpo con la artesanÃa de una criatura que exhibe sus cicatrices y que borda, puntada a puntada, su propio corazón. En una ocasión, dijo: "El cuerpo es un gran laboratorio de miedos". Y en 2006, en el Museo de AlbarracÃn, Lina Vila dio un paso más: encaminó sus pesquisas sobre la relación entre el cuerpo y la naturaleza, el cuerpo y la flora arborescente, el cuerpo y la tierra, y asà tejÃa, como Frida Kahlo tal vez, su propio mapa de los sentimientos, el torbellino orgánico de sus emociones. Aquella muestra de AlbarracÃn tenÃa un apéndice fundamental: unas piezas minúsculas, rebosantes de color, que se alzaban sobre una maleta de madera y que representaban algo que le obsesiona a Lina Vila: el dolor. Que le obsesiona, o que se le escapa como una sierpe o una corriente de aire, y llega al centro nuclear de su producción. El dolor explÃcito, el dolor sugerido, el dolor que envuelve la existencia y se pega al cuerpo, el dolor que zarandea una y otra vez con la furia del escorpión.
Quizá hasta entonces los animales habÃan tenido una presencia particular en la obra de Lina Vila. Y de golpe, como quien se zambulle en los bestiarios mediales, como quien redescubre aquellas alimañas en cautividad del zoo, la artista empezó a pintar animales: animales con ella, animales junto a un cuerpo que era el suyo, animales en plena naturaleza, una veces invernal y casi metafÃsica, otras veces de exuberante primavera. Todo ese trabajo, ese gran ejercicio plástico de variaciones sobre un tema o de oscilaciones del rojo carmÃn y sus heridas, cristalizó en dos muestras: Animales conmigo, que se vio este mismo año en la galerÃa de Mario Campos, y en Consejos de madre, más amplia aún, que se colgó poco después en el Espacio valverde de Madrid.
A.I.S.





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